Cuando el juego deja de ser divertido

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Hola a todos y bienvenidos a esta nueva entrada de La Taberna del Arcanista!


Hoy quiero ponerme un poco más serio de lo habitual, y es porque quiero hablar de un tema que me ha tocado muy de cerca, y es la ansiedad por el juego competitivo y todo lo que conlleva.

Durante un tiempo, me consideré un jugador pésimo, nefasto, da igual a lo que jugara, ya fuera Warhammer 40.000, Warhammer, Magic, X-Wing, etc. Mi principal “fallo” era elegir mis fuerzas, mis miniaturas o mazos según mis gustos, mi propia inclinación personal. Elegía a la Guardia Imperial por su estética, por el honor, por su maquinaria, aunque después me frustraba que otros ejércitos mejor balanceados, me destrozaran. En Magic me hacía mazos propios, temáticos, de zombis y cosas por el estilo, que iban ganando alguna partida, pero no eran rival contra mazos competitivos, por lo que me llevaba muchas frustraciones, yo que jugaba con el corazón, jugaba con el placer de llevar algo me gustara, no algo que simplemente ganara, no quise caer en jugar lo que siempre ganara, quería vencer haciendo algo que me gustara.

Y es en ese momento cuando todo el peso del juego competitivo te cae encima. Es en ese momento cuando harto de derrotas, cuando ves que la única solución es sacar la cartera y hacerte un mazo caro, con cartas buenas, pasando por encima de tus gustos, tus principios, es en ese momento cuando te das cuenta de que en muchos juegos no importa quién es mejor o peor, importa quién se gasta más dinero.

Ya estemos hablando de Warhammer, Magic o X-Wing, la técnica, la estrategia hacen mucho, pero al final, según mi opinión, lo que marca la diferencia, es el dinero. Ya sea por las mejores tropas de Warhammer, las mejores y más caras cartas de Magic, o la ingente cantidad de naves de X-Wing que has de comprarte por las mejoras, aunque no vayas a usar dicha nave en tu vida, solamente por tener esa carta de mejora que llevaba aquel nosequién que ganó el torneo aquel…

Y lo peor de todo, es que llega un momento, que dices: “Vale, no pasa nada, ¿es lo que hay que hacer? Adelante…” la frustración se convierte en una fuerza arrolladora que te empuja a ir a todos los torneos que puedas, sin importar cuantas cosas debas dejar de hacer. Sabes que nunca jugarás como otros jugadores, cuya única ocupación es jugar a todas horas, sabes que nunca tendrás tanta experiencia, pero en ese momento te da igual, si ellos pueden, tu, que te levantas cada día a las 05:30 de la mañana para ir a trabajar de 07:30 a 15:00, que al llegar a casa comes rápido para poder estar con tu hijo, ayudarle con los deberes, ir a comprar, preparar la merienda, baño, cena, cuento y mandarlo a dormir, que casi a medianoche todavía estás en pie, y que en esos momento de libertad piensas en cómo mejorar tu lista de mazo o de escuadrón… si ellos pueden, que mientras yo hacía todo esto, ellos jugaban, yo también puedo, no se cómo, pero podré.

Pero no puedes, te das cuenta que ya no te divierte jugar, ya solo juegas por obligación, por tu propia imposición de jugar para obtener una victoria que te dé energía, que te de orgullo, pero a veces, por más que lo intentes, siempre hay alguien, con más o menos experiencia que tú, con más o menos suerte, que te gana, y tu no ves una partida, solo ves una derrota más. Llega un punto en el que no aprendes de las derrotas, solo ves los fallos que has cometido, pero no como solucionarlo, la oscuridad que pesa sobre esos errores que te han llevado a la derrota es más oscura que un abismo, un abismo del que es muy difícil salir.

Y llega un día en el que ya no hay más camino, no hay más sendero, paras de súbito, miras al suelo, te miras las manos, esas mismas manos que han pintado con amor y detenimiento cientos de miniaturas, dándole decenas de detalles, esas manos que han tratado con mimo miles de cartas, enfundándolas en sus fundas profit y en fundas de bellos colores para protegerlas de todo mal, que las han barajado junto a las mejores cartas, esas manos que haciendo girar diales de movimiento han decidido victorias y derrotas, en ese momento te dices a ti mismo: “No pasa nada, soy un perdedor, a partir de ahora jugaré para divertirme, seré un simple sparring, soy incapaz de hacerlo mejor”.

En ese momento es cuando el mundo competitivo se te viene encima y cae sobre ti con todo el peso del que es capaz de aplastarte. No se si alguno habréis pasado por lo mismo, son mis sentimientos, es mi visión sobre la presión de tratar de jugar de forma competitiva y mejorar, pese a las dificultades del día a día y la conciliación con la vida personal y familiar y la personalidad y motivaciones de uno mismo.

Pero hay veces que pese a toda esa oscuridad que a veces nos envuelve por las derrotas, que pese a ser un juego, uno no solo juega por divertirse, si no también para superarse a si mismo y a los demás, es lo que nos han enseñado, la competitividad nos es impuesta desde pequeños. Desde pequeños nos enseñan que hemos de ganar a toda costa, mientras nos dicen que lo importante es participar, pero realmente a nadie le gusta perder, a nadie. Vivimos en un mundo marcado por la victoria y la derrota, o ganas o pierdes, a veces si ganas, es solo porque el otro era mucho peor, pero no porque tú seas bueno, a veces si pierdes, es solo porque el otro era muchísimo mejor que tu, no porque te hayas defendido y luchado hasta el final. Este pensamiento, el cual he visto y sufrido hace que las derrotas sean dobles, y las victorias sean vacías.

Hay momentos en los que simplemente cierras los ojos, respiras profundamente y sumido en esa oscuridad, encuentras un lugar familiar, rodeado de recuerdos de derrotas pasadas y victorias apocadas, tensiones, frustraciones, malos tragos, lamentos, enfados. Sumido en esa oscuridad, si luchas y eres valiente, puedes apartar esos sentimientos, esa oscuridad, y aún con los ojos cerrados puedes ver como la penumbra se desvanece poco a poco y la luz va haciéndose hueco, como tus malos sentimientos, como si de oscuras criaturas malignas de extrañas formas y muchas y tenebrosas patas, van retrocediendo, temerosas de esa luz, como si temieran que poco a poco esos temores, esas frustraciones ya no te afecten. Poco a poco vas apartando esa oscuridad y abres la puerta a nuevas emociones, a nuevos sentimientos; , alegría por organizar torneos de tus juegos favoritos, torneos que se llenan de amigos que quieren disfrutar de ese juego, de esa experiencia contigo. , esperanza por seguir jugando, disfrutando de las victorias y aprendiendo de las derrotas. , gratitud por poder disfrutar de todo esto rodeado de amigos y seres queridos.

Pero lo más importante es luchar por creer en todo ello, por no dejar que las palabras se las lleve el viento, el tiempo o se pierdan en la memoria y se conviertan en simples recuerdos borrosos de los malos tiempos.

El juego competitivo es posible aún sin tener tiempo para jugar, aún teniendo solamente el tiempo para pensar en cómo mejorar tu lista mientras intentas dormirte, solamente hay que tener fe, ser impecable, hacer las cosas por gusto, no por obligación, disfrutar de cada cosa de la vida, y aprender de las victorias y de las derrotas.

Espero que os haya gustado la entrada y que reflexionéis sobre estas palabras.


Os espero en la próxima entrada de La Taberna del Arcanista!!


Rubenchu ;)